Migrar no siempre es una elección libre ni una aventura emocionante. A veces, migrar significa sobrevivir, y en ese contexto, el dolor puede volverse insoportable. El Síndrome de Ulises, también conocido como estrés migratorio extremo, describe el impacto emocional profundo que muchas personas migrantes experimentan cuando las condiciones de vida en el nuevo país se vuelven inhumanas. En este artículo te explico qué es, cómo reconocerlo y por qué es importante no minimizarlo.
El Síndrome de Ulises es un conjunto de síntomas psicológicos y físicos que aparecen cuando una persona migrante vive una situación de estrés crónico y múltiple, sin los recursos necesarios para afrontarlo. El nombre hace referencia a Ulises, el héroe de la mitología griega que pasó años intentando regresar a casa, enfrentando peligros, soledad y desesperanza.
No se trata de un trastorno mental en sí, sino de una reacción humana ante condiciones extremas. Muchas veces, las personas que lo padecen ni siquiera saben que existe este Síndrome. Solo saben que están agotadas, tristes y sintiéndose al borde del colapso.
Es importante no confundir el Síndrome de Ulises con el duelo migratorio. El duelo migratorio es una experiencia emocional normal que aparece cuando dejamos nuestro país, nuestra cultura, nuestros afectos. Implica tristeza, nostalgia, confusión, pero también es un proceso que puede ser transitable y adaptativo.
En cambio, el Síndrome de Ulises aparece cuando ese duelo se vuelve insoportable, cuando se acumulan estresores tan intensos que superan la capacidad de la persona para adaptarse. Es decir: el duelo migratorio puede doler, pero no necesariamente incapacita. El Síndrome de Ulises, en cambio, bloquea, desgasta y puede poner en riesgo la salud mental y física.
Quienes atraviesan este tipo de estrés migratorio extremo suelen experimentar:
Una paciente venezolana en Francia me contaba que se sentía “encerrada” tanto física como emocionalmente. Vivía con la familia para la que trabajaba como au pair, recibiendo malos tratos, sin poder salir ni socializar. “No tengo ganas de hacer amigos, ni fuerzas para nada”, me dijo. Pero su visa dependía de ese trabajo, y además enviaba dinero a su familia en Venezuela. No podía dejarlo. Su cuerpo comenzó a enfermarse: dolores de cabeza constantes, fatiga, y una tristeza que la hacía llorar sola en el baño cada noche.
El Síndrome de Ulises aparece cuando se acumulan varios factores de estrés, sin redes de apoyo ni recursos psicológicos para sostener la carga. Algunos de los desencadenantes más comunes son:
Este Síndrome es más frecuente entre personas que migran solas, sin una red de contención, o que atraviesan una migración forzada. No es una debilidad personal ni una “falta de ganas”. Es una respuesta humana a condiciones inhumanas.
Muchas personas migrantes no cuentan lo que están viviendo a sus seres queridos en su país de origen. “No quiero preocuparlos, ellos ya tienen suficientes problemas”, me dicen. Y mientras tanto, van acumulando el malestar, sin pedir ayuda, intentando sobrevivir en silencio. Esto, lejos de proteger, suele agravar el cuadro, porque la soledad emocional se vuelve todavía más profunda.
La buena noticia es que no estás sola, y que hay formas de empezar a sanar. Algunas estrategias que han ayudado a mis pacientes:
En mi consulta, acompaño a muchas personas que sienten que ya no pueden más. Verlas recuperar energía, sentido y conexión es una de las cosas más valiosas que he vivido como terapeuta.
Si algo de lo que leíste te resonó, quiero que sepas esto: lo que estás viviendo tiene nombre. Y no es tu culpa. El Síndrome de Ulises no es un signo de debilidad, sino de lucha. Es la consecuencia de haber estado demasiado tiempo resistiendo en condiciones que ninguna persona debería soportar sola.
Y aunque ahora se sienta imposible, hay salida. A veces, el primer paso es tan sencillo (y tan valiente) como contarlo.