Muchas personas migrantes se sienten “diferentes” cuando hablan en otro idioma. Que no son tan espontáneas, tan graciosas o tan seguras como en su lengua materna. Y sí: hablar otro idioma puede hacernos sentir —y actuar— de otra manera, pero eso no significa que perdamos nuestra esencia. En realidad, lo que ocurre es un proceso complejo y fascinante de adaptación emocional, cognitiva y cultural.
Recuerdo el caso de una paciente chilena que vive en Irlanda. Ella me decía: “Siento que no soy yo cuando hablo en inglés.” Su autoexigencia por hablar perfecto la limitaba muchísimo, y el hecho de que le señalaran su acento la hacía sentirse insegura. Tenía la sensación de que no podía mostrar lo realmente inteligente y divertida que es en español.
Esta vivencia es muy común entre quienes migran: la lengua extranjera no solo nos reta a nivel lingüístico, sino también emocional. En el esfuerzo por pronunciarnos bien, por buscar palabras, por traducir pensamientos, se altera la manera en que nos mostramos al mundo. Y a veces, eso genera la falsa impresión de que “somos otra persona”.
Desde la psicología y la neurociencia se sabe que cada idioma activa distintas redes cerebrales y marcos culturales. Cuando cambias de idioma, también cambias de contexto emocional: el tono, las palabras y hasta los gestos asociados a esa lengua despiertan versiones diferentes de ti.
Por ejemplo, estudios con personas bilingües muestran que se comportan con más asertividad o formalidad dependiendo del idioma que usen. Pero esto no significa tener “dos personalidades”, sino distintas formas de expresar la misma identidad.
Como me gusta decir en consulta: no cambias de persona, cambias de escenario. Y, como en cualquier escenario nuevo, necesitas tiempo para sentirte cómoda, confiar en tu voz y encontrar tu manera de habitarlo.
El acento, la pronunciación o la fluidez se convierten muchas veces en fuentes de ansiedad. Las personas migrantes suelen contarme que temen ser juzgadas o subestimadas por “hablar con acento”. Esa presión por sonar “nativa” puede llevar a la autoexigencia extrema y a la sensación de no estar a la altura.
En realidad, el acento es una parte de nuestra historia. Es la huella sonora de quiénes somos y de dónde venimos. Aceptar el acento es también aceptar la identidad migrante, y eso tiene un efecto liberador enorme en la autoestima y la forma de relacionarnos con los demás.
Hablar otro idioma no debería ser una lucha entre versiones de ti, sino un diálogo entre ellas. Aquí te comparto algunas ideas que suelo trabajar en terapia:
Sí, hablar otro idioma puede cambiar cómo te percibes y cómo te comportas, pero no quién eres en esencia. El idioma nuevo amplía tu manera de estar en el mundo; te ofrece matices, expresiones y formas de sentir que antes no conocías.
Mi paciente chilena en Irlanda lo descubrió poco a poco: cuando dejó de exigirse perfección, comenzó a disfrutar las conversaciones, a reírse de sus errores y a mostrarse más libre. En ese momento, su “yo en inglés” y su “yo en español” dejaron de competir, y empezaron a convivir.