Vivir en otro país puede ser una de las experiencias más transformadoras de la vida… pero también una de las más desafiantes a nivel emocional. La distancia, la adaptación cultural, la falta de redes cercanas y los cambios en la rutina pueden afectar profundamente nuestro equilibrio interno.
A lo largo de este artículo te comparto cómo lograrlo, desde mi experiencia acompañando a migrantes en distintos países y también desde lo que he aprendido como psicóloga especialista en salud mental para migrantes.
Una de las primeras cosas que suelo explicar en consulta es que sentirse desbordada, ansiosa o triste en un nuevo país no significa que algo esté “mal” contigo. Es una respuesta natural ante el cambio.
Recuerdo el caso de una migrante argentina en Portugal. Llevaba un año allí y sentía que su salud mental se había desorganizado por completo: altibajos emocionales, ansiedad, miedos y una profunda pérdida de disfrute. Con el tiempo entendió que no se trataba de “fracasar en la migración”, sino de atravesar una etapa de adaptación emocional.
Reconocer esto fue el primer paso para sanar. Cuando dejas de juzgarte y comprendes que adaptarte lleva tiempo, tu mente empieza a relajarse y puedes enfocarte en construir nuevas herramientas.
Cuando todo a tu alrededor es nuevo —idioma, horarios, clima, cultura—, tu mente necesita estructuras estables que le brinden seguridad.
En el caso de mi paciente argentina, trabajamos en establecer rutinas simples: horarios para comer, dormir, moverse y conectar con actividades que le dieran placer. A veces pensamos que la salud mental se recupera con grandes cambios, pero muchas veces comienza con algo tan básico como tener un ritmo propio dentro del caos externo.
Algunas ideas que recomiendo:
El mindfulness puede ser una herramienta poderosa para cuidar tu salud mental en el extranjero. Te ayuda a volver al presente, a reconectar con tu cuerpo y a calmar la mente que constantemente compara o idealiza “lo que dejaste atrás”.
Con la paciente de Portugal, incorporamos breves ejercicios de respiración y atención plena cada mañana. En pocas semanas notó que su ansiedad disminuía y su sensación de control aumentaba.
Estar presente no cambia lo que ocurre afuera, pero sí transforma cómo lo vives por dentro.
Uno de los mayores desafíos de vivir en otro país es la soledad. Muchas personas sienten que no tienen con quién hablar en profundidad, o que no quieren “preocupar” a quienes quedaron en su país.
Sin embargo, la conexión humana es un factor protector clave para la salud mental. Busca espacios donde puedas compartirte sin miedo: comunidades latinas, grupos de interés, terapia online o actividades culturales.
Migrar puede hacerte dudar de ti misma. Muchas personas sienten que perdieron el rumbo o que “ya no son las mismas”. Pero la migración también puede ser una oportunidad para reencontrarte con tu propósito y redefinir tu sentido de vida.
Te invito a preguntarte:
Con la paciente que les conté, fuimos integrando pequeñas acciones alineadas con su propósito profesional y personal. Cuando comenzó a reconectar con lo que le daba sentido, su energía vital cambió completamente.
Migrar exige una gran cuota de valentía. Pero esa misma fortaleza a veces nos lleva a exigirnos demasiado. Cuidar tu salud mental en el extranjero también implica ser compasiva contigo misma, aceptar tus ritmos y pedir ayuda cuando la necesites.
No hay una forma “correcta” de adaptarse, pero sí hay un camino más amable:
Cuidar tu salud mental en el extranjero no es un lujo, es una necesidad básica.
Requiere presencia, hábitos, vínculos y autocompasión.
Y, sobre todo, recordar que no estás sola.
He acompañado a muchas personas en este proceso, y sé que es posible volver a sentir calma, conexión y propósito en una tierra nueva.