Migrar significa, en la mayoría de los casos, enfrentarte a una montaña de emociones nuevas.
La ansiedad y el estrés al migrar son reacciones completamente normales: surgen por la incertidumbre, los cambios constantes y la necesidad de adaptarte a un entorno desconocido.
En pocas palabras: no estás “mal” por sentirte así, estás viviendo un proceso de transformación profunda.
Cuando una persona decide dejar su país, se pone en marcha una cadena de desafíos emocionales que pocas veces se anticipan. De repente todo cambia: los horarios, el idioma, las costumbres, la forma de trabajar, incluso la manera de relacionarse. Y mientras más intentamos “mantener el control”, más sentimos que el cuerpo y la mente se saturan.
Recuerdo el caso de una paciente mexicana que llegó a España llena de ilusiones, pero a los pocos meses comenzó a sentirse desbordada.
Estaba tramitando su regularización, sin avances concretos, y eso la angustiaba cada día.
No podía acceder a un empleo formal y, por las noches, su mente se llenaba de pensamientos catastróficos: “¿Y si nunca consigo mis papeles? ¿Y si tengo que volver?”
Ese miedo constante a perder lo poco construido fue generando un nivel de ansiedad que afectaba su descanso, su concentración y su ánimo.
Como ella, muchas personas migrantes viven esta ansiedad migratoria sin ponerle nombre.
Se trata del impacto psicológico natural del proceso de adaptación lleno de incertidumbres.
A lo largo de mi experiencia acompañando a migrantes latinos en distintos países, he observado que las causas más frecuentes del estrés al migrar suelen ser:
No saber qué pasará con los papeles o no poder acceder a un trabajo estable genera una sensación de vulnerabilidad constante.
La mente busca certezas, pero el proceso migratorio está lleno de grises.
Estar lejos de la familia y los amigos implica enfrentar el día a día sin el soporte emocional habitual.
Esto puede incrementar la sensación de soledad y hacer que cada dificultad pese el doble.
Costumbres distintas, acentos nuevos, diferencias sociales o laborales: todo puede generar una sensación de “no encajar”.
Esa tensión diaria es también una forma de estrés.
Intentar que todo salga perfecto —los trámites, el trabajo, la convivencia— es una forma de buscar seguridad.
Pero cuando nada parece avanzar, ese control se convierte en un foco de ansiedad.
Mi paciente mexicana lo vivía a diario: su mente no descansaba intentando resolver lo irresoluble.
No existen fórmulas mágicas, pero sí caminos posibles para aliviar la carga emocional y recuperar el equilibrio.
Aquí te comparto algunos pasos que trabajo con frecuencia en terapia:
Migrar no es solo cambiar de país, es rehacer la vida desde otro lugar.
Permítete sentir tristeza, enojo o miedo. No son debilidades, son señales de que estás viviendo un cambio importante.
Esta es una de las claves más liberadoras.
No puedes acelerar trámites ni decidir cuándo saldrá una respuesta, pero sí puedes cuidar tu cuerpo, tus rutinas y tus pensamientos.
Buscar apoyo en otras personas migrantes o en profesionales que comprendan tu experiencia puede ayudarte a sentirte acompañado/a.
Hablar, compartir y validar lo que sientes tiene un poder terapéutico enorme.
Dormir bien, comer de forma regular, salir a caminar o practicar respiración consciente puede parecer simple, pero reduce significativamente la ansiedad migratoria.
No tienes que enfrentar este proceso solo/a.
La terapia —presencial u online— te ofrece un espacio seguro para entender lo que te ocurre y aprender a regular tus emociones.
Meses después, aquella paciente mexicana logró estabilizarse: encontró un nuevo piso donde se sentía más tranquila, aprendió a identificar sus pensamientos automáticos y a enfocarse en lo que sí podía hacer.
No fue fácil ni rápido, pero fue posible.
La ansiedad no desapareció de un día para otro, pero dejó de gobernar su vida.
Eso es lo que busco transmitir en cada proceso terapéutico: migrar puede doler, pero también puede ser una oportunidad para conocerte más profundamente.
El cambio, aunque asuste, puede transformarse en un espacio de crecimiento si lo atraviesas con acompañamiento y compasión hacia ti mismo/a.
Si estás viviendo un proceso migratorio y sientes que la ansiedad o el estrés te están afectando, recuerda que no tienes que hacerlo solo/a.
Pedir apoyo psicológico no es un signo de debilidad, sino de fortaleza y amor propio.