Terapia Migrante

Vivir entre dos mundos en la migración: cuando no te sientes de aquí ni de allí

Vivir entre dos mundos en la migración es una experiencia mucho más común de lo que solemos pensar. Se trata de ese sentimiento profundo de no pertenecer del todo ni al país que dejaste atrás ni al lugar en el que hoy resides. No es falta de gratitud, ni incapacidad de adaptación: es un proceso psicológico complejo, ligado a la identidad, el duelo migratorio y la necesidad humana de sentirnos parte.

Si hoy te sientes así, quiero decirte algo importante desde el inicio: no estás fallando, estás transitando un proceso migratorio real y legítimo.

¿Qué significa vivir entre dos mundos cuando migras?

Migrar no es solo cambiar de país. Es cambiar de referencias, de códigos culturales, de idioma emocional. Muchos expatriados viven una sensación constante de estar “en el medio”:

  • En el país de origen, ya no se sienten iguales.
  • En el país de acogida, no terminan de sentirse parte.

En consulta terapéutica escucho con frecuencia frases de expats como:
“Cuando vuelvo a mi país siento que ya no encajo” o “Aquí sigo sintiéndome extranjera aunque lleve años”.

Recuerdo especialmente a una paciente chilena que vivía en Dinamarca. Ella no quería regresar a Chile porque sentía que ya no se identificaba con su país en muchos aspectos ni con su círculo de amigos, pero al mismo tiempo no lograba adaptarse del todo a la cultura danesa. No se sentía parte de ningún lado. Esa vivencia de estar suspendida entre dos mundos le generaba mucha angustia y confusión.

La identidad migrante: ¿por qué se siente tan fragmentada?

Cuando migramos, nuestra identidad entra en revisión. Ya no somos exactamente quienes éramos antes, pero tampoco nos sentimos plenamente quienes “deberíamos ser” en el nuevo país.

Este proceso puede generar:

  • Confusión interna.
  • Culpa por no querer volver.
  • Tristeza por no lograr integrarse.
  • Sensación de vacío o desarraigo emocional.

En el caso de esta paciente, el conflicto no era “no adaptarse”, sino haber cambiado internamente, mientras ambos mundos seguían exigiéndole versiones distintas de sí misma.

¿Es normal no sentirse en casa en ningún lugar?

Sí. Es doloroso, pero es un proceso esperable dentro de la migración. Vivir entre dos mundos suele aparecer cuando el duelo migratorio no ha podido elaborarse del todo.

Muchas personas creen que adaptarse implica “elegir un lado”, cuando en realidad el trabajo psicológico pasa por integrar ambas partes, sin negarlas.

No se trata de volver a ser quien eras antes, ni de forzarte a encajar donde no te reconoces, sino de construir una identidad migrante propia, más flexible y compasiva.

Cuando el no pertenecer se vuelve un malestar constante

El problema aparece cuando esta sensación se prolonga y empieza a afectar:

  • la autoestima,
  • los vínculos,
  • el sentido de proyecto,
  • o el bienestar emocional general.

En consulta, muchas personas llegan diciendo:
“No sé dónde está mi lugar, no me siento de ningún lado”.
Y esa pregunta, más que geográfica, es profundamente emocional. Muchas veces incluso se llegan a padecer cuadros de depresión si este estado se prolonga demasiado.

Acompañar estos procesos permite poner palabras, ordenar la experiencia y aliviar la carga interna que supone vivir siempre dividida.

¿Qué puede ayudarte si te sientes entre dos mundos?

Algunas claves para personas migrantes:

  • Validar el duelo migratorio sin minimizarlo.
  • Revisar la identidad sin forzar definiciones rígidas.
  • Construir un sentido de pertenencia interno, no solo externo.
  • Aceptar que la integración no siempre significa sentirse “local”.
  • Dar espacio a la ambivalencia sin culpa.

La paciente chilena con la que trabajé empezó a sentirse más en paz cuando pudo dejar de exigirse elegir entre Chile o Dinamarca, y empezó a reconocerse como alguien que había sido transformada por ambos lugares.

Otra manera de estar entre dos mundos: querer estar aquí y allí a la vez

Muchas veces el deseo de pertenecer plenamente al país de acogida convive con la necesidad de continuar en constante contacto con el país de origen. Esta posición intermedia suele estar atravesada por la sensación de no querer perderse nada de ninguno de los dos lados, lo que genera una atención permanentemente dividida. La persona migrante queda entonces atrapada en una lógica de comparación constante —lo que dejó, lo que podría haber sido, lo que está construyendo— que incrementa los niveles de ansiedad y dificulta la consolidación de un sentido de arraigo.

Esta tensión sostenida impide una presencia genuina en el aquí y ahora, ya que el presente se vive como un lugar transitorio, nunca del todo suficiente, siempre a la espera de algo que sucede en otro sitio. Con el tiempo, esta vivencia puede erosionar la capacidad de disfrute debido a la ansiedad constante y la sensación de estar perdiéndose de algo continuamente, reforzando la percepción de estar “entre” dos vidas sin habitar plenamente ninguna.

Un mensaje final 

Si hoy sientes que vives entre dos mundos, quiero que sepas que no estás perdido/a, estás en proceso. Migrar nos cambia, y aprender a habitar ese cambio lleva tiempo y acompañamiento.

Si esta lectura resonó contigo, quizás sea un buen momento para no atravesarlo solo/a.
Trabajar estos sentimientos en un espacio terapéutico puede marcar una diferencia profunda en cómo te relacionas contigo y con tu historia migratoria.

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